1er Congreso Internacional de Cultura de Seguridad Psicosocial en el Flag Football de Asociación Tochito Bandera (ATB). 1 y 2 de septiembre 2026

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Capítulo 3 Libro Cultura del Flag Football en México: Diagnóstico. Francisco Del Olmo.

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EN QUÉ CONSISTE

CAPÍTULO 3. CULTURA DE COACHING EMPÍRICO.
La experiencia como principal fuente de legitimidad.
Uno de los fenómenos más claros que aparecen en la observación del ecosistema del flag football mexicano es la existencia de una cultura de coaching predominantemente empírica. El coach no necesariamente origina las causas culturales que padece el Flag Football en general; pero puede ser el lugar donde un problema cultural se manifiesta y se reproduce con gran influencia. Con esto no se pretende decir que un coach empírico sea necesariamente un mal coach. Una persona puede acumular una enorme experiencia práctica, desarrollar sensibilidad, capacidad de liderazgo y obtener buenos resultados sin haber pasado por una formación académica formal. La experiencia tiene valor. Permite conocer situaciones reales, enfrentar problemas, observar jugadores, tomar decisiones y aprender de lo que ocurre en la práctica. El problema aparece cuando esa experiencia deja de ser una fuente de aprendizaje y se convierte en el principal mecanismo de formación, validación y legitimación de la autoridad del coach.

Los datos obtenidos a partir de los 250 coaches que han mostrado interés en conocer la oferta educativa permiten observar una brecha de formación que merece ser analizada. En esta muestra, el 90.9 % de los coaches que solicitaron informes no declaró contar con capacitación. Esto no significa que el 90.9 % de los coaches del flag football mexicano carezca de formación, porque la muestra corresponde a personas que llegaron a solicitar información y no representa estadísticamente a todo el universo de coaches del país. Pero sí revela algo relevante sobre el grupo observado: existe un número importante de personas que ya participan o desean participar como coaches y que, al mismo tiempo, identifican la necesidad de adquirir una preparación más formal.

El dato adquiere mayor relevancia cuando se observa la experiencia deportiva de estas personas. Más del 70 % tiene más de cinco años practicando el deporte. Es decir, no estamos observando principalmente a personas que acaban de descubrir el flag football y que inmediatamente quieren comenzar a entrenar. En esta muestra existe una presencia importante de personas con una trayectoria prolongada dentro del deporte. La experiencia deportiva está presente; lo que aparece como brecha es la formación específica para transformar esa experiencia en competencias de coaching.

La experiencia como coach también presenta un rango amplio. En los registros donde es posible determinarla aparecen personas con ninguna experiencia y personas que declaran hasta 27 años ejerciendo como coach. Entre quienes reportan experiencia de al menos un año aparecen seis casos con uno a dos años, uno con tres a cinco años, dos con seis a diez años, uno con once a veinte años y uno con más de veinte años. Esto muestra que la búsqueda de formación no pertenece exclusivamente a quienes están comenzando. También alcanza a personas que llevan años desempeñando la función.

Este punto es especialmente importante porque cambia la manera de interpretar el problema. No estamos simplemente frente a una falta de interés por aprender. En algunos casos, parece existir una trayectoria prolongada de práctica que no necesariamente ha estado acompañada por una formación estructurada equivalente. Existe, por tanto, un mercado de coaches que llevan años haciendo esto de manera empírica y que ahora buscan profesionalizarse.

Aquí aparece la brecha estructural más clara de esta cultura.
Cuando no existe un cuerpo suficientemente consolidado de conocimiento, formación y estándares compartidos, la experiencia puede convertirse naturalmente en una de las principales fuentes de legitimidad. El que lleva más años adquiere autoridad. El que jugó a cierto nivel adquiere autoridad. El que conoce a determinadas personas adquiere autoridad. El que ha ganado adquiere autoridad. El que “ha vivido” el deporte adquiere autoridad.

La experiencia comienza entonces a responder una pregunta que debería responderse de una manera más amplia: ¿por qué debemos reconocer a esta persona como autoridad?
Y puede aparecer una respuesta cultural aparentemente suficiente:
“Porque lleva muchos años.”
Pero llevar muchos años demuestra que una persona ha estado expuesta a una práctica durante mucho tiempo. No demuestra por sí mismo que aquello que hace sea correcto, actual, seguro o pedagógicamente adecuado.
La experiencia es conocimiento potencial.
No es, por sí misma, validación.

Esta distinción es fundamental. La experiencia puede convertirse en conocimiento cuando existe aprendizaje, reflexión, retroalimentación y capacidad para cuestionar lo que se ha hecho. Pero el paso del tiempo, por sí solo, no garantiza ese proceso.
Un coach puede tener diez años de experiencia.
La pregunta profesional no debería terminar ahí.
También habría que preguntar qué ha aprendido durante esos diez años, qué ha actualizado, qué ha cambiado en su metodología, qué puede explicar y fundamentar de su práctica, qué errores ha identificado, qué competencias ha desarrollado y qué conocimientos utiliza actualmente para tomar decisiones.

Porque existe una diferencia importante entre tener diez años de experiencia y tener un año de experiencia repetido diez veces.
La diferencia está en el aprendizaje.
Cuando la experiencia ocupa el lugar de la formación y de la reflexión, el deporte corre el riesgo de reproducir lo que conoce en lugar de cuestionar lo que hace. El conocimiento comienza entonces a transmitirse principalmente de manera informal. Un coach aprende de otro. El jugador observa al coach. El asistente observa al entrenador. El nuevo coach reproduce lo que vio. Y aquello que originalmente fue una experiencia personal puede terminar convirtiéndose en una práctica colectiva.
La tradición adquiere así una enorme fuerza.

El problema no es que exista tradición. Todo deporte necesita transmitir conocimientos entre generaciones. El problema aparece cuando la transmisión ocurre sin una pausa suficiente para preguntar si aquello que se está transmitiendo continúa siendo adecuado.
¿Esto funciona?
¿Por qué funciona?
¿Para quién funciona?
¿En qué condiciones deja de funcionar?
¿Existe una práctica mejor?
¿Es segura?
¿Es adecuada para niños?
¿Es adecuada para adolescentes?
¿Es adecuada para mujeres?
¿Es adecuada psicológicamente?
Estas preguntas representan precisamente la diferencia entre reproducir una práctica y desarrollar una práctica profesional.
Sin ellas, una conducta puede mantenerse simplemente porque alguien anterior la utilizó.
Y entonces aparece una de las frases más poderosas de cualquier cultura que ha dejado de cuestionarse:
“Así se ha hecho siempre.”
La pregunta que rompe esa lógica es sencilla:
¿Cómo sabes que lo que haces es correcto?

Esta pregunta no pretende desacreditar la experiencia del coach. Pretende ponerla en diálogo con algo más amplio. La experiencia aporta contexto. La formación aporta conocimiento. La reflexión permite cuestionar aquello que se ha normalizado. Las tres cosas pueden complementarse.
Por eso, el objetivo no debería ser sustituir la experiencia por formación. Debería ser transformar la experiencia en una experiencia profesional reflexiva.

Experiencia + formación + reflexión = desarrollo profesional del coach.
La investigación sobre educación de coaches ha destacado precisamente la importancia del conocimiento, la formación, la experiencia y la reflexión dentro del desarrollo de la práctica del entrenador. También se ha señalado que las prácticas de coaching están influidas por las culturas y normas del entorno, y que el comportamiento del coach tiene consecuencias sobre la experiencia de los atletas.

Esto permite entender por qué el coaching empírico no debe analizarse solamente como un problema de capacitación.
Es también un problema cultural.
La pregunta deja de ser únicamente “¿cuántos coaches han tomado un curso?” y pasa a ser “¿de dónde aprende realmente el coach mexicano de flag football?”
Puede aprender de su experiencia personal. Puede aprender de otros coaches mediante mentoría. Puede aprender de una cultura deportiva heredada. Y puede aprender mediante formación estructurada, cursos, certificaciones, literatura y metodologías.
Todas esas fuentes pueden aportar conocimiento.
Pero no todas tienen la misma capacidad para cuestionar aquello que ya está normalizado.
La experiencia personal tiende a decir: “Esto me funcionó”.
La mentoría puede decir: “Esto le funcionó a mi entrenador”.
La cultura deportiva puede decir: “Así se hace”.

La formación estructurada puede introducir otra pregunta: “¿Qué sabemos actualmente y cómo podemos fundamentar lo que hacemos?”
Por eso, una de las preguntas centrales que surge de este análisis es:
¿Estamos formando coaches o estamos reproduciendo coaches?
Formar implica estudiar, cuestionar, reflexionar, actualizarse y desarrollar competencias.
Reproducir significa transmitir lo que uno recibió.
Y una cultura puede reproducir durante décadas tanto buenas prácticas como prácticas que necesitan ser revisadas.
Esto no significa que toda práctica heredada sea negativa. Tampoco significa que todo coach que aprende principalmente mediante experiencia reproduzca conductas dañinas. La relación no puede plantearse de manera automática.

El punto es otro: cuando el conocimiento depende fuertemente de la experiencia y de la reproducción de prácticas heredadas, existe un riesgo mayor de que aquello que se aprendió no sea sometido a suficiente revisión antes de ser transmitido nuevamente.
Ese riesgo adquiere especial importancia cuando hablamos de disciplina, autoridad y relación con los jugadores.
Una práctica puede producir resultados deportivos y, al mismo tiempo, tener efectos negativos sobre la experiencia del atleta. La literatura sobre seguridad psicológica en deporte muestra que la posibilidad de que los atletas expresen preocupaciones, admitan errores y tengan conversaciones abiertas con sus coaches está relacionada con la seguridad psicológica y con la calidad de la relación coach-atleta.

Por eso, la pregunta profesional no puede reducirse a si un método “funciona” para ganar o para conseguir disciplina.
También hay que preguntarse qué ocurre con las personas mientras ese método se aplica.
Una cultura empírica puede producir elementos positivos. Puede favorecer disciplina, compromiso, esfuerzo, responsabilidad y compañerismo. La experiencia práctica puede proporcionar al coach herramientas que ningún manual puede sustituir completamente.

Pero también puede existir el riesgo de que se normalicen prácticas que deberían ser cuestionadas: gritos, humillación, miedo a equivocarse, favoritismo, castigos, abuso de autoridad, invasión de límites, presión excesiva o silenciamiento de los jugadores.
Nuevamente, esto no significa que esas prácticas estén presentes en todos los coaches empíricos. Significa que una cultura basada predominantemente en la transmisión informal puede reproducir prácticas sin garantizar que cada una de ellas haya sido evaluada desde criterios actuales de seguridad, pedagogía y protección.
Este punto tiene especial importancia cuando el coach trabaja con niños y adolescentes.

El coach no solamente controla ejercicios.
Controla buena parte del ambiente social en el que ocurre el deporte.
Puede contribuir a que un jugador sienta que puede equivocarse, preguntar y pedir ayuda, o puede contribuir a que perciba que equivocarse implica exponerse a una reprimenda, una humillación o una exclusión.
La investigación sobre seguridad psicológica en deporte señala precisamente la importancia de que los atletas puedan expresar preocupaciones, admitir errores y participar en conversaciones abiertas sin temor a intimidación o humillación.

Por eso, la formación del coach no puede reducirse únicamente a saber qué jugada utilizar o cómo organizar un entrenamiento.
También implica desarrollar las competencias necesarias para reconocer riesgos, relacionarse adecuadamente con los atletas, gestionar grupos y ejercer autoridad de manera responsable. La literatura sobre el papel de los coaches en la salud mental de los atletas señala que los entrenadores tienen un papel relevante en la construcción de culturas de equipo que apoyen el bienestar y en la promoción de conductas preventivas.

La ausencia de formación también puede tener consecuencias en aspectos más concretos de la práctica deportiva. Un coach que no se actualiza puede tener dificultades para responder ante situaciones que exigen conocimientos específicos. Una emergencia, una lesión, una situación de salud o un problema de seguridad no pueden resolverse solamente con experiencia general si la persona no ha desarrollado las competencias necesarias para reconocer el riesgo y actuar adecuadamente.

Pero incluso aquí debemos evitar una conclusión simplista. No puede afirmarse que un coach sin formación formal necesariamente pondrá en riesgo a sus jugadores. Lo que sí puede afirmarse es que determinadas responsabilidades requieren conocimientos específicos y que la formación es una vía para adquirirlos y mantenerlos actualizados.
Lo mismo ocurre con la metodología.
Un coach puede entrenar durante años y seguir utilizando los mismos ejercicios. Puede tener mucha experiencia y, sin embargo, no haber desarrollado una metodología propia. Puede saber qué hacer porque lo ha visto muchas veces, pero tener dificultades para explicar por qué utiliza determinado ejercicio, qué objetivo persigue, cómo lo progresará o cómo lo adaptará cuando cambien las características del grupo.
Ahí aparece una diferencia entre experiencia acumulada y competencia profesional.

La competencia profesional implica poder utilizar el conocimiento para tomar decisiones, adaptarse a situaciones diferentes y explicar las razones detrás de esas decisiones.
El partido cambia.
El jugador cambia.
La edad cambia.
El nivel cambia.
Las circunstancias cambian.
Y el coach necesita ser capaz de cambiar con ellas.
Por eso, la experiencia sin actualización puede convertirse en repetición.
Y la repetición no necesariamente significa aprendizaje.
Este fenómeno también puede afectar al propio desarrollo profesional del coach. Una persona que durante años recibe reconocimiento principalmente por su antigüedad puede encontrar difícil admitir que necesita aprender algo nuevo. La formación puede sentirse como una amenaza cuando la identidad profesional está construida sobre la idea de que “yo ya sé porque llevo muchos años”.
Pero buscar formación no invalida la experiencia.
Puede hacerla más útil.

La formación puede proporcionar nuevos conocimientos para interpretar la experiencia. La reflexión puede permitir identificar qué prácticas deben conservarse y cuáles necesitan modificarse. La actualización puede convertir años de práctica en competencias más conscientes y transferibles.
Por eso, la profesionalización no debería plantearse como una oposición entre experiencia y formación.
El objetivo no es elegir una y eliminar la otra.

El objetivo es evitar que la experiencia sea la única fuente de legitimidad.
Esto también permite comprender un fenómeno que aparece en la propia búsqueda de certificación. Algunas personas que llevan años ejerciendo como coaches buscan formación precisamente porque reconocen que su experiencia no necesariamente les proporciona por sí sola toda la preparación que necesitan. En estos casos, la certificación no representa un rechazo a la trayectoria anterior. Puede representar el intento de convertir una trayectoria empírica en una preparación más formal y reconocible.

Aquí aparece una paradoja.
La misma cultura que otorga legitimidad a los años de experiencia puede generar inseguridad en quienes saben que tienen experiencia, pero sienten que necesitan una validación adicional.
Un coach puede pensar:
“Llevo años haciendo esto, pero quiero saber si realmente lo estoy haciendo bien.”
Otro puede pensar:
“Llevo años haciéndolo y por eso no necesito estudiar.”
Ambas respuestas pueden surgir dentro de la misma cultura.
La diferencia está en cómo cada persona interpreta su propia experiencia.
Una respuesta utiliza la experiencia como punto de partida para seguir aprendiendo.
La otra utiliza la experiencia como argumento para dejar de aprender.
La primera transforma la experiencia.
La segunda puede convertirla en una barrera.
Por eso, el problema central de esta cultura no es la existencia de coaches empíricos.

El problema aparece cuando la experiencia se convierte en el único mecanismo de formación, validación y legitimación de la autoridad.
Cuando eso ocurre, la pregunta profesional deja de ser:
“¿Cuántos años llevas?”
Y debe comenzar a ser:
“¿Cómo sabes que lo que haces es correcto?”
Esta segunda pregunta es el verdadero punto de quiebre.
Porque obliga a pasar de la autoridad basada en la antigüedad a una autoridad sustentada también en competencias demostrables.
Obliga a pasar de la repetición a la reflexión.
De la tradición al aprendizaje.
De “así me enseñaron” a “esto es lo que sé, esto es lo que he aprendido y esto es por lo que considero que esta práctica es adecuada”.

Y, finalmente, permite comenzar a construir una cultura de coaching en la que la experiencia no desaparezca, sino que deje de estar sola.
El reto para el flag football mexicano no consiste simplemente en conseguir que más coaches tomen cursos.
El reto es construir una cultura en la que aprender continuamente sea parte natural de ser coach.
Una cultura en la que tener muchos años de experiencia sea un valor, pero no una exención para seguir aprendiendo.
Una cultura en la que admitir “no sé” no signifique perder autoridad.
Una cultura en la que decir “me equivoqué” sea compatible con ser líder.
Y una cultura en la que la autoridad profesional no dependa únicamente de cuánto tiempo se ha estado dentro del deporte, sino también de lo que una persona sabe, de lo que puede demostrar, de cómo reflexiona sobre su práctica y de cómo utiliza esa competencia para cuidar y desarrollar a quienes entrena.

Porque un coach no solamente transmite lo que sabe.
También transmite la manera en que entiende el aprendizaje.
Si enseña que después de muchos años ya no es necesario aprender, transmite esa idea.
Si enseña que cuestionar es una amenaza, transmite esa idea.
Si enseña que la experiencia permite dejar de reflexionar, transmite esa idea.
Pero si demuestra que la experiencia puede ser el punto de partida para seguir aprendiendo, también transmite una cultura diferente.
Y ahí está la verdadera dimensión del coaching empírico.
No se trata solamente de cómo aprendió el coach.
Se trata de qué cultura transmite mientras enseña.

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