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CAPACITACIÓN
Certificación Consultor Cultura de Seguridad Psicosocial Flag Football
CONOCE CATÁLOGO DE CURSOS DE FLAG FOOTBALL
EN QUÉ CONSISTE
CAPÍTULO 2. EL ORIGEN DE LA CULTURA.
Un deporte que creció antes de terminar de construirse.
El flag football mexicano no construyó su cultura desde cero. Nació mirando hacia otro deporte. Su desarrollo recibió una influencia importante del fútbol americano equipado, una relación que no debe entenderse necesariamente como algo negativo. Se copió la dureza, la jerarquía vertical, la normalización del sufrimiento y el silencio, pero no la estructura ni la responsabilidad institucional.
De esa tradición pueden provenir conocimientos técnicos, experiencias organizativas, metodologías, formas de entrenamiento y una tradición deportiva que ha contribuido al desarrollo del propio flag football. El problema no está en recibir influencia de otro deporte. El problema aparece cuando no se distingue entre aquello que puede aprenderse de esa tradición y aquello que debe cuestionarse antes de trasladarlo a una disciplina con características diferentes.
Cuando un deporte nuevo se desarrolla tomando como referencia a otro que ya existe, es natural que adopte parte de sus conocimientos y de sus formas de hacer las cosas. Pero la transferencia no siempre ocurre de manera selectiva. Junto con las técnicas y los conocimientos deportivos también pueden trasladarse maneras de entender la autoridad, la disciplina, el liderazgo y la relación entre quien dirige y quien obedece. No solamente hablamos de que el flag football recibió influencia del fútbol americano equipado. El punto más importante era cómo una cultura puede trasladar prácticas de un contexto a otro sin revisar si siguen siendo adecuadas.
La idea que no deberíamos perder es:
No se trata de rechazar lo aprendido del fútbol americano, sino de distinguir qué elementos son transferibles y cuáles necesitan ser reinterpretados para el flag football.
También es importante conservar la idea de que el problema no está necesariamente en el origen del conocimiento, sino en la ausencia de una reflexión posterior sobre aquello que se heredó.
De esta manera, determinadas ideas pueden comenzar a incorporarse al nuevo deporte sin que necesariamente exista una decisión consciente de hacerlo. La dureza puede convertirse en una virtud. La jerarquía puede convertirse en norma. El sufrimiento puede interpretarse como una forma de desarrollar el carácter. La obediencia puede confundirse con disciplina. El silencio puede confundirse con respeto. Y el coach puede ocupar una posición que resulta difícil de cuestionar.
No necesariamente porque alguien haya decidido establecer esas reglas, sino porque forman parte de una tradición que ya existía y que comienza a reproducirse en el nuevo contexto.
Aquí aparece una diferencia fundamental entre aprender de otro deporte y reproducir su cultura. Aprender implica observar, seleccionar, adaptar y decidir qué resulta útil para las características propias. Reproducir implica trasladar prácticas y formas de pensar sin someterlas necesariamente a una reflexión sobre si siguen siendo adecuadas.
Esta diferencia es especialmente importante en el flag football porque el hecho de que comparta determinados elementos con el fútbol americano equipado no significa que ambos deportes sean culturalmente iguales ni que necesiten exactamente las mismas formas de liderazgo, entrenamiento o relación con los jugadores.
El flag football no es simplemente fútbol americano equipado sin contacto.
La ausencia de contacto físico no es la única diferencia. El deporte tiene otras dinámicas, otros riesgos, otras necesidades pedagógicas y otras posibilidades para construir la relación entre competencia, formación, liderazgo y cuidado.
Por eso, eliminar el contacto físico no significa automáticamente eliminar las formas culturales asociadas al deporte del que proviene.
Puede desaparecer la tacleada y permanecer una determinada manera de entender la disciplina.
Puede cambiar la superficie del juego y permanecer una determinada concepción de la autoridad.
Puede reducirse el contacto físico y mantenerse la idea de que la dureza es necesaria para formar mejores jugadores.
Puede cambiar el reglamento y continuar existiendo una relación en la que cuestionar al coach se interpreta como falta de respeto.
El cambio deportivo, por tanto, no necesariamente produce por sí mismo un cambio cultural.
Y aquí aparece uno de los problemas centrales del origen de la cultura del flag football mexicano: mientras el deporte desarrollaba sus propias competencias, equipos, ligas y formas de participación, no necesariamente construía al mismo ritmo una identidad cultural completamente propia.
Durante mucho tiempo, el flag pudo ser entendido principalmente desde aquello que lo diferenciaba del fútbol americano equipado: un deporte sin tacleadas, sin el mismo nivel de contacto físico y con una dinámica distinta de participación. Pero definirse por lo que un deporte no es deja abierta una pregunta fundamental: ¿qué es entonces el flag football en términos de cultura, liderazgo, formación y convivencia?
Cuando un deporte se define principalmente por lo que no es, queda un vacío.
Y ese vacío cultural necesita llenarse.
Si no existe una definición suficientemente clara de los valores, principios, formas de liderazgo y criterios profesionales propios del deporte, ese espacio puede ser ocupado por aquello que ya está disponible: la tradición, la experiencia personal y la improvisación.
Así, el coach puede terminar utilizando como referencia no necesariamente aquello que el flag football necesita, sino aquello que él aprendió.
La experiencia de quien llegó del fútbol americano puede convertirse en referencia.
La experiencia de quien aprendió de otro coach puede convertirse en método.
La experiencia acumulada durante años puede convertirse en autoridad.
Y la práctica que funcionó en determinado contexto puede comenzar a considerarse válida simplemente porque ha sido utilizada durante mucho tiempo.
El problema no es que exista experiencia.
La experiencia es necesaria y puede ser una fuente importante de conocimiento.
El problema aparece cuando la experiencia sustituye a la reflexión y cuando lo aprendido deja de ser una referencia que puede cuestionarse para convertirse en una regla implícita sobre cómo deben hacerse las cosas.
En ese momento, la cultura comienza a reproducirse de manera automática.
Una generación recibe determinadas formas de dirigir.
Las incorpora.
Las reproduce.
La siguiente generación las observa y las aprende.
Y con el paso del tiempo, aquello que originalmente fue una práctica heredada puede comenzar a percibirse como la manera natural de hacer las cosas.
Esto ayuda a explicar por qué una cultura puede permanecer incluso cuando las condiciones que le dieron origen ya cambiaron.
El contexto puede ser diferente, pero la práctica permanece.
El deporte puede cambiar, pero la concepción de autoridad puede permanecer.
Las necesidades de los jugadores pueden cambiar, pero la idea de disciplina puede permanecer.
La estructura puede cambiar, pero determinadas formas de ejercer el poder pueden continuar reproduciéndose.
El flag football mexicano se encuentra entonces ante una situación particular. Por un lado, existe una tradición deportiva de la cual puede obtener conocimientos y experiencias valiosas. Por otro, existe el riesgo de trasladar elementos culturales que fueron desarrollados para otro contexto sin preguntarse si son adecuados para las características actuales del flag.
La cuestión no consiste en rechazar el origen.
Consiste en analizarlo.
No se trata de negar la influencia del fútbol americano equipado.
Se trata de distinguir qué debe conservarse, qué debe adaptarse y qué debe cuestionarse.
Porque una cultura profesional no se construye solamente acumulando experiencias.
También se construye seleccionando conscientemente cuáles experiencias deben convertirse en prácticas y cuáles deben dejar de reproducirse.
Este punto resulta especialmente importante porque el flag football mexicano creció antes de terminar de construir una identidad propia suficientemente definida.
Mientras aumentaban los jugadores, los equipos, las ligas y las competencias, también se iban formando las maneras de entender el rol del coach, la autoridad, la disciplina, la competencia y la pertenencia.
Pero cuando esas definiciones no se construyen de manera consciente y compartida, pueden terminar siendo determinadas por quienes ya estaban dentro del deporte y por aquello que habían aprendido anteriormente.
Así, la cultura puede comenzar a construirse más por transmisión que por diseño.
Más por imitación que por reflexión.
Más por experiencia acumulada que por estándares compartidos.
Y esto tiene una consecuencia importante: diferentes grupos pueden desarrollar diferentes maneras de hacer las cosas, cada uno defendiendo como válida la experiencia que ha acumulado.
Lo que para un grupo representa disciplina, para otro puede representar exceso de dureza.
Lo que para uno representa lealtad, para otro puede representar exclusión.
Lo que para uno representa autoridad, para otro puede representar autoritarismo.
Lo que para uno representa experiencia suficiente, para otro puede representar falta de formación.
Sin una identidad profesional común que establezca criterios compartidos, esas diferencias pueden permanecer como interpretaciones individuales o de grupo.
Por eso, el origen de la cultura no debe buscarse únicamente en las conductas actuales. También debe buscarse en la manera en que el deporte fue construyendo sus referencias.
El flag football recibió una herencia deportiva.
La pregunta es qué parte de esa herencia convirtió en cultura.
Y más importante todavía: qué parte de esa cultura fue revisada antes de ser transmitida.
Porque un deporte puede recibir conocimientos sin tener que recibir automáticamente todas las formas culturales del deporte del que provienen.
Puede aprender técnica sin copiar jerarquías.
Puede aprender estrategia sin copiar modelos de autoridad.
Puede aprender disciplina sin convertir el sufrimiento en requisito.
Puede aprender competencia sin convertir la obediencia en virtud.
Puede aprovechar una tradición sin quedar definido por ella.
Ese proceso de selección es precisamente parte de la construcción de una identidad propia.
El problema aparece cuando ese proceso no ocurre de manera consciente.
Entonces, aquello que se heredó comienza a confundirse con aquello que necesariamente debe ser.
Y cuando algo se percibe como “la manera en que siempre se ha hecho”, cuestionarlo puede convertirse en una amenaza para quienes construyeron su propia legitimidad sobre esa experiencia.
Aquí comienza a conectarse el origen de la cultura con uno de los fenómenos centrales que se analizarán en el siguiente capítulo.
Si gran parte del conocimiento se transmite mediante la experiencia personal, entonces la experiencia no solamente enseña a jugar o a entrenar.
También puede convertirse en la principal fuente de legitimidad.
El coach que lleva más años puede ser percibido como quien más sabe.
El coach que tiene una trayectoria reconocida puede adquirir mayor autoridad.
Y el tiempo practicando el deporte puede comenzar a funcionar como una credencial en sí misma.
De esta manera, el deporte que creció antes de terminar de construir una cultura profesional propia puede terminar otorgando a la experiencia un papel que va mucho más allá de su valor como conocimiento práctico.
La experiencia deja de ser solamente algo que el coach tiene.
Comienza a convertirse en aquello que lo legitima.
Y cuando la experiencia se convierte en la principal fuente de legitimidad, aparece la cultura del coaching empírico.
Un deporte que nació mirando hacia otro deporte.
El flag football recibió una influencia importante del fútbol americano equipado.
Esa influencia no es necesariamente negativa. De ella pueden provenir conocimientos técnicos, experiencias organizativas, metodologías y una tradición deportiva valiosa.
El problema aparece cuando no se distingue entre lo que debe aprenderse de otro deporte y lo que debe cuestionarse antes de trasladarlo.
Así pueden heredarse no solamente conocimientos deportivos, sino también determinadas formas de entender la autoridad, la disciplina y el liderazgo.
La dureza puede convertirse en virtud.
La jerarquía puede convertirse en norma.
El sufrimiento puede interpretarse como formación del carácter.
La obediencia puede confundirse con disciplina.
El silencio puede confundirse con respeto.
El coach puede ocupar una posición casi incuestionable.
Y una cultura diseñada históricamente para otro contexto puede comenzar a operar dentro de un deporte con características diferentes.
El flag football, sin embargo, no es simplemente fútbol americano equipado sin contacto.
Tiene otras dinámicas, otros riesgos, otras necesidades pedagógicas y, especialmente, otras posibilidades para construir una relación diferente entre competencia, formación, liderazgo y cuidado.
Cuando un deporte se define principalmente por lo que no es, queda un vacío.
Y ese vacío cultural necesita llenarse.
En el caso del flag football, buena parte de ese espacio ha sido ocupado por la tradición, la experiencia personal y la improvisación.
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