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CAPACITACIÓN
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EN QUÉ CONSISTE
CAPÍTULO 4. LA PARADOJA DE LA LEGITIMIDAD.
Cuando la experiencia da autoridad, pero no necesariamente certeza profesional.
En una cultura de coaching predominantemente empírica, la experiencia puede convertirse en la principal fuente de legitimidad. El coach ha jugado durante años, ha dirigido equipos, ha obtenido resultados, tiene jugadores y ha construido reconocimiento dentro de su entorno. Todos estos elementos pueden darle autoridad frente a los demás y permitirle desempeñarse como coach durante mucho tiempo.
Sin embargo, existe una contradicción que puede pasar desapercibida. Tener experiencia no significa necesariamente disponer de un conocimiento estructurado que permita explicar, fundamentar, evaluar y actualizar profesionalmente aquello que se hace. La experiencia demuestra que una persona ha estado expuesta a la práctica durante un periodo determinado; no demuestra por sí misma que todo lo aprendido sea correcto, que continúe vigente, que sea aplicable a todos los contextos o que constituya una preparación suficiente para enseñar y dirigir a otros.
Una persona puede acumular una enorme experiencia práctica, desarrollar sensibilidad, liderazgo, capacidad de resolución y buenos resultados sin haber recorrido una formación académica formal. El problema aparece cuando esa experiencia se convierte prácticamente en la única forma mediante la cual el propio coach y los demás reconocen sus competencias.
Cuando no existe un marco suficientemente claro para identificar, desarrollar y validar las competencias profesionales del coach, la trayectoria personal puede terminar ocupando ese espacio. Entonces la pregunta sobre por qué una persona debe ser reconocida como autoridad encuentra una respuesta basada principalmente en su historia: porque lleva muchos años, porque jugó, porque conoce el deporte, porque ha entrenado equipos o porque ha obtenido resultados.
La experiencia, de esta manera, cumple una doble función. Por un lado, proporciona legitimidad social y práctica. Por otro, puede dejar abierta una pregunta interna que la experiencia por sí sola no necesariamente resuelve: ¿realmente estoy preparado para ejercer profesionalmente como coach?
Una persona puede llevar diez años entrenando y aun así no tener completamente claro cuáles son sus competencias, cuáles son sus límites, qué conocimientos necesita actualizar o cómo puede demostrar profesionalmente el valor de lo que sabe. La experiencia no elimina necesariamente la necesidad de legitimación; en determinados casos, incluso puede hacer más evidente esa necesidad cuando el coach comienza a compararse con personas que poseen certificaciones, formación especializada o criterios externos de evaluación.
Es aquí donde aparece lo que podemos denominar inseguridad de legitimidad del coach. No significa que el coach sea incompetente ni que desconozca el deporte. Significa que existe incertidumbre sobre el valor, alcance y fundamento de sus propias competencias profesionales cuando estas no han sido suficientemente estructuradas, desarrolladas o validadas mediante formación especializada.
La relación podría representarse de la siguiente manera: un aprendizaje predominantemente empírico puede producir conocimiento adquirido mediante la práctica, pero también puede dejar competencias poco estructuradas y con escasos referentes externos para evaluarlas. Esa situación puede generar dudas sobre la propia preparación y, en algunos casos, una menor percepción de legitimidad profesional. Frente a esa incertidumbre aparece entonces la búsqueda de formación, certificación o algún otro mecanismo que permita ordenar y respaldar las competencias adquiridas.
Por eso, la búsqueda de una certificación por parte de un coach con muchos años de experiencia no debe interpretarse como una contradicción. Puede ser precisamente la consecuencia de haber llegado a un punto en el que la experiencia ya no resulta suficiente para responder una pregunta más profunda: ¿cómo puedo demostrar y fundamentar profesionalmente aquello que sé hacer?
Dos maneras de responder a la misma inseguridad.
La inseguridad de legitimidad no tiene necesariamente una sola consecuencia. Frente a la duda sobre las propias competencias pueden aparecer respuestas completamente diferentes.
Una respuesta saludable puede ser reconocer la incertidumbre y convertirla en aprendizaje: “No lo sé, voy a investigar.” El coach acepta que no tiene todas las respuestas, busca formación, contrasta sus conocimientos, actualiza sus prácticas y utiliza la experiencia como punto de partida para seguir desarrollándose. En este caso, la experiencia no desaparece; se complementa con formación y reflexión.
Pero existe otra posibilidad. El coach puede interpretar la duda como una amenaza a su autoridad y sentir que necesita demostrar constantemente que sabe. En lugar de reconocer una limitación y buscar conocimiento, puede intentar proteger su legitimidad mediante el control. La duda puede transformarse entonces en rigidez, la rigidez en autoritarismo, el autoritarismo en intolerancia al cuestionamiento y la necesidad de mantener autoridad en dificultad para reconocer errores.
La diferencia entre ambas rutas es fundamental. La misma cultura empírica puede producir coaches que buscan profesionalizarse y coaches que se cierran para proteger la autoridad que ya construyeron. Por eso sería incorrecto afirmar que el coaching empírico genera automáticamente autoritarismo. Lo que puede generar es una presión de legitimidad cuya respuesta dependerá de las características de la persona, de su entorno y de la existencia de espacios donde pueda aprender, reflexionar y reconocer sus propias áreas de desarrollo.
Esta distinción resulta especialmente importante para una propuesta de seguridad psicosocial. El riesgo no se encuentra únicamente en cuánto conocimiento técnico tiene un coach, sino también en cómo gestiona aquello que no sabe. Reconocer que no se sabe algo puede abrir la puerta al aprendizaje. Sentir que no se puede reconocer esa duda puede generar la necesidad de demostrar autoridad.
Cuando la autoridad depende principalmente de la experiencia personal, cuestionar una práctica puede sentirse como cuestionar a la persona que la ejecuta. Si el argumento central es “yo sé porque llevo muchos años haciéndolo”, una pregunta sobre la práctica puede interpretarse como una amenaza a la propia trayectoria. En cambio, cuando existe un marco metodológico compartido, las decisiones pueden justificarse a partir de criterios que van más allá de la personalidad del coach o de sus años de experiencia.
Esto modifica la naturaleza de la autoridad. Ya no depende exclusivamente de quién es el coach, de cuánto tiempo lleva en el deporte o de lo que ha conseguido, sino también de qué sabe, cómo lo aplica, cómo puede fundamentar sus decisiones y cómo está dispuesto a seguir aprendiendo.
La legitimidad y el valor económico del coaching.
Esta misma paradoja puede trasladarse al ámbito económico, aunque aquí también es necesario evitar una relación automática. No cobrar por un servicio no significa necesariamente que exista inseguridad profesional. Un coach puede decidir no cobrar porque desea ayudar, porque trabaja con un propósito comunitario o porque las condiciones de su actividad así lo determinan.
El problema aparece cuando una persona evita cobrar o tiene dificultades para valorar económicamente su trabajo porque considera que no posee suficiente preparación para hacerlo. En ese caso, el comportamiento económico puede convertirse en una manifestación de una inseguridad profesional más profunda: “¿realmente tengo suficiente conocimiento para cobrar por esto?”
Si esta situación se repite, puede establecerse un ciclo en el que la incertidumbre sobre el propio conocimiento dificulta la valoración del servicio; la baja valoración económica puede reforzar la percepción de que el coaching es principalmente una actividad de pasión; y esa percepción puede reducir el incentivo para invertir en formación. De esta manera, el problema deja de ser exclusivamente individual y adquiere una dimensión cultural.
No significa que todos los coaches que cobran poco sean inseguros ni que una certificación garantice automáticamente mejores ingresos. La relación no puede establecerse de esa manera. Lo que sí puede plantearse es que la formación y la validación de competencias pueden proporcionar mayores elementos para comprender, comunicar y respaldar profesionalmente el valor del trabajo que se realiza.
Desde esta perspectiva, la profesionalización no consiste únicamente en conseguir un documento. También implica modificar la manera en que el propio coach entiende su oficio: pasar de considerar que su principal activo es el tiempo que lleva practicando el deporte a reconocer que su valor profesional también depende de las competencias que ha desarrollado, de los conocimientos que posee, de su capacidad para aplicarlos y de su disposición para actualizarlos.
El problema no es la experiencia, sino lo que hacemos con ella.
La experiencia no debe ser desplazada por la formación. El verdadero desafío consiste en cambiar la relación entre ambas. La experiencia aporta situaciones reales, aprendizaje práctico y conocimiento del contexto. La formación permite organizar, contrastar, ampliar y cuestionar aquello que la experiencia ha construido. La reflexión permite determinar qué debe conservarse, qué debe modificarse y qué ya no debería reproducirse.
Cuando estos elementos se combinan, la trayectoria del coach deja de ser simplemente una acumulación de años y puede convertirse en una experiencia profesional reflexionada.
Por el contrario, cuando la experiencia se convierte en una especie de autoridad incuestionable, aparece el riesgo de transformar una práctica personal en una norma colectiva. El razonamiento puede comenzar con una afirmación aparentemente sencilla: “A mí así me entrenaron.” Después puede convertirse en: “Así funciona.” Y finalmente en: “Así se debe hacer.”
En ese momento, una experiencia individual deja de ser solamente una experiencia y comienza a funcionar como una regla cultural.
Aquí vuelve a aparecer la pregunta central de este modelo: ¿cómo sabes que lo que haces es correcto?
La pregunta no pretende descalificar al coach ni negar el valor de su experiencia. Pretende abrir un espacio de reflexión. Porque saber que algo se ha hecho durante muchos años no responde necesariamente por qué se hace, para quién funciona, en qué condiciones deja de funcionar, si existe una alternativa mejor o si sus consecuencias son adecuadas para las personas que están bajo la responsabilidad del coach.
La profesionalización comienza precisamente cuando la experiencia deja de ser únicamente algo que se reproduce y se convierte en algo que también puede ser examinado.
¿Estamos formando coaches o reproduciendo coaches?
Esta es quizá la pregunta que mejor resume el problema planteado en este capítulo.
Toda cultura reproduce conocimientos y prácticas. El problema no está en reproducir; está en hacerlo sin filtros de reflexión, actualización, formación y ética. Una práctica puede transmitirse durante muchos años y conservar elementos valiosos, pero también puede conservar comportamientos que dejaron de ser apropiados o que nunca fueron cuestionados.
Por eso, el objetivo no debe ser construir una narrativa en la que los coaches empíricos aparezcan como el problema. El problema es una cultura en la que la experiencia puede convertirse en el principal mecanismo de transmisión y legitimación sin que exista necesariamente un proceso equivalente de reflexión sobre esa experiencia.
El cambio que plantea este diagnóstico es, por tanto, más profundo que sustituir experiencia por certificaciones. Se trata de pasar de una cultura de reproducción automática a una cultura de formación reflexiva.
En esa transición, la experiencia deja de ser cuestionada como fuente de conocimiento y empieza a ser cuestionada como fuente suficiente de legitimidad. El coach no pierde valor por reconocer que necesita aprender. Al contrario, adquiere una nueva forma de legitimidad: la de quien tiene experiencia, pero también puede cuestionarla, fundamentarla, actualizarla y reconocer sus límites.
Y es precisamente aquí donde aparece la paradoja que da nombre a este capítulo: los años de experiencia pueden aumentar la autoridad social de un coach, pero no necesariamente resuelven su necesidad de legitimidad profesional. Cuando esa legitimidad se construye sobre bases más amplias que la trayectoria personal, la experiencia puede convertirse en una fortaleza. Cuando depende casi exclusivamente de ella, puede convertirse en una posición que necesita ser constantemente defendida.
Esta diferencia será fundamental para entender el siguiente problema: por qué tener muchos años de experiencia no necesariamente significa sentirse más seguro profesionalmente.
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