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CAPACITACIÓN
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EN QUÉ CONSISTE
CAPÍTULO 5. EL CICLO CULTURAL Y ECONÓMICO DEL COACHING EMPÍRICO.
La cultura empírica no termina en la manera en que un coach aprende. También puede influir en la manera en que el entorno percibe su trabajo y, a partir de esa percepción, en el valor económico que se le asigna. Cuando dentro de un deporte la experiencia práctica pesa más que la formación especializada, el coaching puede ser entendido principalmente como una actividad que se aprende haciendo. El problema aparece cuando esa percepción termina convirtiéndose también en una percepción sobre el valor del servicio.
Si para ejercer como coach basta, desde la percepción cultural, con haber jugado, tener años en la cancha o haber dirigido equipos, entonces la formación especializada puede parecer secundaria. Los años de experiencia se convierten en el principal argumento de legitimidad y la capacitación deja de ser vista como una condición necesaria para seguir desarrollándose profesionalmente. De esta manera, algunos coaches pueden llegar a considerar que su trayectoria ya es suficiente para justificar lo que hacen.
Pero esta misma situación puede producir una contradicción. La experiencia puede otorgarle reconocimiento dentro del deporte y, al mismo tiempo, no proporcionar elementos suficientes para demostrar ante padres de familia, academias o empleadores cuál es el valor profesional específico de su trabajo. El coach sabe que tiene experiencia, pero puede tener dificultades para traducir esa experiencia en competencias claramente identificables y diferenciadas.
Cuando el entorno percibe el coaching principalmente como un oficio empírico, puede resultar más difícil reconocer una diferencia significativa entre un coach con experiencia y otro que simplemente ha acumulado años practicando el deporte. En consecuencia, el precio puede convertirse en uno de los principales elementos de competencia. Si el mercado no distingue suficientemente las competencias profesionales, los coaches pueden terminar compitiendo por cuánto cobran, por disponibilidad o por la posibilidad de ofrecer sus servicios a menor costo.
Así puede comenzar un proceso de devaluación del oficio. Si existen coaches dispuestos a trabajar por cantidades muy bajas o incluso sin remuneración, el mercado puede acostumbrarse a considerar que el entrenamiento tiene poco valor económico. Esto no significa que trabajar gratuitamente sea siempre una conducta negativa. Un coach puede decidir hacerlo por voluntad propia, por apoyar a una comunidad o por cualquier otra razón. El problema aparece cuando trabajar gratis o cobrar muy poco es consecuencia de que el propio coach no considera que tenga suficiente preparación o legitimidad para cobrar por sus conocimientos.
En ese caso, la dimensión económica se conecta nuevamente con la legitimidad profesional. Un coach que no tiene certeza sobre el valor de sus propias competencias puede tener dificultades para presentar su trabajo como un servicio profesional. Puede existir una pregunta interna difícil de ignorar: “¿Realmente estoy suficientemente preparado para cobrar por esto?” Cuando esa percepción aparece, cobrar poco o no cobrar puede convertirse en una manifestación de inseguridad profesional.
Al mismo tiempo, la falta de respaldo formativo puede dificultar que el coach justifique ante padres de familia, academias o empleadores por qué su trabajo tiene determinado valor. La experiencia está presente, pero no necesariamente existe un lenguaje profesional que permita explicar qué competencias posee, qué sabe hacer, qué metodología utiliza y qué formación sustenta sus decisiones. De esta manera, una trayectoria que podría representar un activo profesional puede terminar siendo percibida simplemente como experiencia acumulada.
El ciclo puede entonces comenzar a cerrarse. La experiencia pesa más que la formación; por esa razón algunos coaches consideran que no necesitan capacitarse. Al existir poca formación especializada, el mercado puede percibir el coaching como una actividad predominantemente empírica. Esa percepción puede dificultar la valoración económica del servicio y favorecer la competencia por precio. Una menor remuneración puede hacer más difícil invertir en capacitación y, al mismo tiempo, puede reforzar la idea de que el coaching es una actividad de pasión más que una profesión. El aprendizaje empírico continúa y la formación vuelve a quedar relegada.
De esta manera, el problema deja de ser únicamente individual. Ya no se trata solamente de preguntarnos por qué un coach no se capacita o por qué otro cobra poco. Lo relevante es observar cómo determinadas percepciones pueden reforzarse entre sí hasta formar un ciclo cultural y económico.
La secuencia podría resumirse de esta manera: una cultura en la que la experiencia pesa más que la formación favorece el aprendizaje predominantemente empírico; ese aprendizaje puede dificultar la identificación y valoración externa de las competencias profesionales; una menor diferenciación profesional puede favorecer la competencia por precio; la baja valoración económica puede dificultar la inversión en capacitación; y la falta de capacitación contribuye a mantener el modelo de aprendizaje empírico. Al final del ciclo vuelve a aparecer la misma pregunta sobre la propia legitimidad profesional.
Lo importante es que este ciclo no significa que todos los coaches empíricos estén mal preparados, que todos cobren poco o que toda capacitación produzca automáticamente una mejor remuneración. Es una explicación de una dinámica cultural posible. La experiencia puede tener un enorme valor, pero cuando se convierte en sustituto de la formación y no en complemento de ella, puede resultar más difícil construir una profesión con criterios compartidos de competencia y valor.
Por eso, la profesionalización del coaching no puede reducirse a decirle al coach que necesita estudiar. También implica modificar la manera en que el propio deporte entiende el valor de su trabajo. Si la sociedad deportiva reconoce únicamente los años de experiencia, seguirá premiando principalmente la permanencia. Si empieza a reconocer también la formación, las competencias, la actualización y la capacidad de fundamentar las decisiones, la experiencia puede ocupar un lugar diferente: ya no como sustituto de la profesionalización, sino como uno de sus componentes.
Aquí aparece nuevamente una pregunta fundamental para este diagnóstico: ¿qué estamos haciendo cuando reproducimos coaches que aprendieron principalmente de otros coaches que, a su vez, aprendieron principalmente de la experiencia?
Porque si el sistema continúa reproduciendo el mismo modelo, la siguiente generación no necesariamente recibirá una profesión más estructurada. Recibirá, principalmente, la misma cultura.
Y es precisamente en este punto donde el problema económico vuelve a conectarse con el problema de legitimidad.
Cuando un coach no sabe cuánto vale profesionalmente lo que sabe hacer, el mercado tampoco tiene necesariamente elementos claros para reconocerlo. La profesionalización requiere romper ese círculo mediante formación, validación de competencias y reflexión sobre la experiencia, para que el valor del coach no dependa únicamente de cuántos años lleva en la cancha.
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